César Augusto Ordoñez López: El aprendizaje recluido

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César Augusto Ordoñez López, historiador y articulista.
César Augusto Ordoñez López, historiador y articulista.

La melodía compuesta e interpretada en 1980 por Serrat, esos locos bajitos, evoca los tiempos cognitivos de dos actores sociales aprendientes; por un lado, el de la acción formativa, instruccional e imperativa de los padres y, por otro, la propensión a aprender de los niños (Calvo, 2011). Esa forma, de conocer la realidad y codificarla, echando mano de cuanto hay a su alrededor, es una prueba de fuego del aprendizaje en casa. En primer lugar, porque para los niños el virus, la enfermedad y muerte se convirtieron en una verdad irrefutable que los distanciaba de las interacciones escolares formales. En segundo lugar, porque desplazó las responsabilidades del aprendizaje o anulación del conocimiento a actores sociales informales de la educación y, a medidas verticales emergentes de presencia directa, la televisión y, en el mejor de los casos, de presencia extendida, teléfonos inteligentes, tabletas y computadoras.

El contexto dejo en evidencia, lo que en algún momento hemos escuchado en algunos espacios, académicos, por cierto, que el modelo educativo necesita un cambio. En palabras de alguien, “el sistema educativo es una vaca gorda y enferma que se mueve con dificultad”: Cualquier ser vivo de más de media tonelada se mueve con dificultad, pero respondiendo a un orden sistémico complejo que es imposible comprender bajo la lógica macroscópica. Lo mismo sucede con la escuela, de la que nos esforzamos en enunciar sus problemas y soluciones y, cuya brecha generacional se traduce en determinadas competencias frente a la obsolescencia tecnológica programada, población adulta con enfermedades congénitas y/o hereditarias o abiertamente entusiasta y comprometida con la educación. Por lo que dicha crisis debemos entenderla como un constante resultado de la innovación tecnológica y actualización de conocimientos.

El traslado del aprendizaje a casa trajo consigo la verticalidad de las decisiones y las actividades, considerando que en las dinámicas de la casa y la escuela existiera horizontalidad. ¿Cómo asumieron los niños la idea del virus y el confinamiento? Bajo el orden de la verticalidad tuvieron que enfrentarse receptivamente a: a) una explicación científica compleja articulada por los conceptos de amenaza y muerte e inmovilidad,  b) la acción empática de los padres, c) una actitud emergente de adaptabilidad a un espacio de aprendizaje de tiempo completo distanciado de sus pares, d) a las dinámicas instruccionales de los profesores, e) la decisión política del estado que cerro la mayoría de los espacios públicos de interacción, f) la modificación de los tiempos pedagógicos y, posiblemente, fisiológicos con el trastorno del ciclo circadiano y, g) la actitud empática hacia todos aquellos a los que se identificó por combatir con la atención médica e inmovilidad aún organismo sistémico cuya mutabilidad es permanente.

Condicionado por esa realidad, la casa se convirtió en una unidad multifuncional de confinamiento: escuela, parque de diversión, cine, salón de clase, teatro, consultorio, sala de juntas y estrategias o consultorio y unidad de aislamiento y tanatología donde se soportan las malas, buenas o pésimas decisiones directas e indirectas; en la que los actores sociales son los sujetos económicamente activos y el resto de la familia, posiblemente, está invisibilizada.

En el contexto de esa precarización se configura un sujeto aprendiente para llevar a cabo los distintos roles de dicho espacio e implica la recuperación de los conocimientos adquiridos de y para la vida más el aprendizaje significativo de la educación básica. Esas condiciones nos muestran que el aprendizaje puede ser o es asunto recíproco que está limitado por los contextos sociales y nivel educativo de cada familia, que se realiza en distintos tiempos y es condicionado por las aspiraciones de cada persona o familia. Ese gran laboratorio de aprendizaje distante al estar recluido, no forma parte de las enunciaciones formales del sistema educativo, que lo puede considerar como una limitación; bajo la idea ajena de que cualquier contenido que no despierta interés en el estudiante es una limitación cognitiva.

La realidad inesperada, lo que enuncia el estado de excepción, es la formación de una sociedad con pensamiento contingente, frente a las garantías efímeras de la biotecnología y de la privatización de sectores que garantizan un estado de bienestar.  Sin embargo, al no existir una instancia que registre la aprendiencia recluida, la codificación y socialización de los conocimientos alcanzados se ralentizan. Lo que se observa, son los fallos educativos del modelo de la globalización y los alcances reales de la formación de la generación de la década de los 90s. La carta de buenas intenciones del modelo neoliberal resultó en una población consumista, con un pensamiento crítico condicionado, anulada en sus formas de gestión y demanda de garantías sociales.

Los desastres naturales del pasado reciente pueden remitirnos a conocer los comportamientos y medidas de salubridad y sanidad de la población y del gobierno para afrontarlos; pero los problemas económicos, culturales y políticos resultantes de la pandemia tendrán que identificarse, codificarse y socializarse para su resolución. Dicha codificación requerirá una formación investigativa en las personas que tenga como principio la recuperación de las habilidades cognitivas de los seres humanos: observación, selección de información, comparación, codificación de conocimientos y socialización (comunicación) nuclear de lo aprendido. Habrá que aprender a entrar en contacto con la realidad tal como lo hacen los niños cuando establecen una relación con las personas, la naturaleza y los objetos a traves de sus insistentes qué, por qué, para qué, y  cómo; que les posibilita conocer y explicar una realidad. Así, observar, asociar, comparar y comunicar se convierten en un proceso cognitivo complejo, una codificación del conocimiento.

El niño aprende de la relación con su entorno y quien lo guía o instruye puede o no considerar que dicha relación sea significativa por tratarse de un asunto de vida cotidiana: auto cuidarse, cuidar su entorno, establecer relaciones de empatía y solidaridad, asumir una postura frente a los problemas familiares que difícilmente, en estos momentos, pueden mantenerse al margen en convivencia continua. Es indudable que estos conocimientos son significativos y ahora forman parte del programa educativo; además, el sistema tiene que considerar los nuevos entornos de aprendizaje que incentivan los procesos cognitivos (internet y videojuegos, ecosistemas) en la formación de un pensamiento complejo para no enunciar que su modelo urgente es un fracaso y responsabilidad de actores sociales informales.

Enriquecer los espacios educativos: dotarlos de materiales, herramientas y aplicaciones y ecosistemas esta fuera del presupuesto; pero en los espacios informales existentes las personas aprenden. Las horas frente a la consola, la computadora o el teléfono inteligente, para alcanzar el final de un juego, es un aprendizaje que conlleva sistematización, sincronización de los tiempos y disciplina, considerando que como producto de la inteligencia artificial dichos programas registran los movimientos de jugador y tienen autonomía decisional. Los niños no reconocen la obsolescencia tecnológica, las personas adultas la identifican como una limitación y desean conservar su equipo inteligente porque les garantiza un dominio de las tareas, su conocimiento los limita. Situaciones semejantes se presentan cuando la hija o hijo nos solicita la lectura de un cuento que, al paso de los días, se convierte en dos o tres hasta la lectura de capítulos de libros que incentivan la creatividad e imaginación para narrar historias propias.

Debo hacer un paréntesis… en alguna ocasión que visitaba una papelería, por cierta empatía, recibí de regalo un ajedrez. Al llegar, lo coloque sobre la mesa, hacia años que no tocaba uno. Entre sus paseos de exploración, Conni, una niña entonces de tres años, lo encontró y preguntó: ¿Qué es? A lo que respondí, es un juego y lo liberé de su envoltura para mostrarle las piezas y, quedo “satisfecha” con la explicación. Al día siguiente, muy temprano salí a trabajar dejando el ajedrez en el mismo lugar. Al regresar a casa por la tarde noche no había terminado de abrir la puerta cuando una entusiasta voz me invitó a jugar ajedrez. Con actitud de sorpresa respondí ¡vamos a jugar! Consideré que debía encontrar una forma de “enseñarle”. Alegremente se apresuró… te voy a enseñar, ésta es la torre y se mueve para adelante y para atrás y hacia los lados, el caballo se mueve dos cuadritos y dobla a la derecha o a la izquierda… el rey se mueve un cuadrito para todos lados… solo un cuadrito, entendido… y la reina se mueve para todos lados… ¡hasta en circulo! Con la gracia característica de las niñas, bailaba sobre el piso mostrándome los movimientos, reí de la ocurrencia… Mi pregunta fue ¿Cómo aprendió? Dejé la respuesta para más tarde y me concentré en disfrutar de la partida de tan entusiasta novel ajedrecista. El aprendizaje adquirido había sido resultado de la empatía por la indagación: el internet para encontrar videos que narraban la historia, las reglas, los movimientos de las piezas; la práctica con su mamá, interlocutor y guía quien dedicó tiempo para explicar, ejemplificar y concretar dicho aprendizaje que, codificado, socializaba Conni.

Esos aprendizajes son resultado de la sorpresa, el interés, la empatía, la colaboración y la resiliencia y guardan una condición sistémica investigativa propia de todos los niños e investigadores. Los conocimientos básicos se realizan en un reproducción de contenidos que, en una trayectoria de vida educativa, corren el riesgo de convertirse en una limitación cuando la experimentación se anula. Los conocimientos son resultado de una mecanización de saberes que en las condiciones de la sociedad del conocimiento van perdiendo sentido por su escasa o nula aplicación o su sustitución por la innovación tecnológica; además, los descubrimientos científicos y las realidades extendidas ponen en incertidumbre los saberes existentes.

El confinamiento inesperado debe llevarnos a la pregunta de si la forma en que vivimos y aprendemos son la única alternativa o debemos disoñar (Calvo2014) nuevas formas. Disoñar significa, descifrar en el contexto de la realidad extendida las posibles formas de resolver los problemas; recuperar las habilidades investigativas de observar, sistematizar y comparar para encauzarnos en direcciones de plenitud humana. Bajo estas nuevas dinámicas, los niños que tienen posibilidades resuelven sus actividades; buscan sobre el universo, la naturaleza, matemáticas y otros muchos temas. La información abunda y diluye la acción vertical. Es un momento propicio para aprender de los niños como expertos observadores, organizadores, codificadores, socializadores y, sobre todo, resilientes.

La resiliencia  es un concepto que define la condición humana de superar circunstancias adversas (García del Castillo,2016); pues en eso están concentrados los niños. La vida confinada los ha obligado a enfrentar cambios radicales desde su “liberación” de las aulas: el manejo de tiempos asincrónicos; algunos están generando espacios de interacción social y de aprendizaje. Están trabajando de 3 a 7 horas, reciben actividades por wathsapp y se sincronizan para algunas actividades de aprendizaje y platicar lo aburrido que es estar la mayor parte del tiempo encerrados. Se organizan para jugar en línea o simplemente jugar, cada uno de ellos sabe que para llegar en primer lujar, cada juego representa un avance e identifican, organizan, comparan los movimientos y posibilidades; cada encuentro con un contendiente los lleva a tomar decisiones reales. Además, apoyan en la casa, intentan recrear un ambiente de juego, de tolerancia, de empatía aún con todos los miedos que les aquejan por la amenaza del coronavirus.

Durante la pandemia, niñas y niños, están aprendiendo sobre la muerte de la forma más cruda. No tuvieron la oportunidad de despedirse de sus seres queridos o la llamada y el video que recibieron, con un mensaje de amor, fue con la esperanza de volver a reunirse. Los niños escuchan y afrontan la verdad, la de mantenerse a distancia antes y durante el ritual de despedida de una de las personas que estuvieron con ellos desde los primeros días de nacidos. Sus aspiraciones futuras cambiaron de forma intempestiva, al igual que las preocupaciones que se avecinan.  Habría entonces que pensar en la pandemia como política y la desaceleración de la atención social de las políticas de salud pública que buscan atenuar la violencia intrafamiliar, la pobreza, el enfado y el estrés. De qué manera se piensa responder a la situación  adversa del desastre natural que están viviendo las familias nucleares y extensas  de más de 203 000 muertos.

En resumen, la observación es el principio de las relaciones cognitivas y este ejercicio nos permite detenernos en recuperar procesos cognitivos en especial los de observar, registrar, comparar y codificar. La observación es el principio de las relaciones cognitivas y es clave en los aprendizajes recluidos que se están gestando: el pensamiento crítico, comunicación, colaboración, creatividad y resiliencia son más de los que aquí se enuncian. Podemos recuperarlos o voltear hacia otro lado considerando que la inmovilidad es algo natural; así como la violencia y la exclusión de género que se gesta, por ejemplo, en diversos ámbitos institucionales. Las posibilidades de que ese aprendizaje recluido tenga significación se encontrarán en la forma en como observemos a nuestros hijos y pares cuando observan y manifiestan algún tipo de emoción para aprender a conocer el momento en que se interesa por una realidad o un objeto que explica su entorno o resuelve un problema.

Agamben, G. (2020). ¿Dónde estamos? La epidemia como política. Argentina: Quodlibet.

Calvo, C. (2014). Del mapa escolar al territorio educativo. Chile: Universidad de la Serena.

García del Castillo. (2016). Conceptualización teórica de la resiliencia psicosocial y su relación con la salud. en Salud y drogas, vol. 16, núm. 1. España: II D, https://www.redalyc.org/pdf/839/83943611006.

Sadin, É. (2016). La silicolonización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital. Argentina: Caja Negra.

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