La negativa del arzobispo que contribuyó al desastre del Juncal

0
168
El conflicto entre el virrey de Nueva España y el prelado Manso y Zúñiga entorpeció aún más la salida de la flota

España., 30 Nov-21 (Agencia).- El puerto de la Veracruz era un hervidero de actividad en aquellos días de otoño de 1631. Por fin había llegado al Virreinato de la Nueva España el aviso de Tomás de Larrazpuru. La flota con el tesoro y el comercio de los últimos dos años podía partir rumbo a España. No había tiempo que perder. Debía levar anclas sin demora para que los barcos del general pudieran escoltarla hasta La Habana, protegiéndola de los holandeses que anhelaban su botín. Pero mientras llenaban las bodegas de las trece embarcaciones con los pesos y reales que aguardaba Felipe IV, la grana, el añil o el cotizado chocolate, en el ‘ Nuestra Señora del Juncal’, la nave almiranta, se recibió una carta que heló la sangre del general Miguel de Echazarreta y de los pasajeros y marineros que escucharon su lectura.

El arzobispo Francisco Manso y Zúñiga, que había reservado la cámara de popa del Juncal, había decidido no embarcarse para «de tan manifiesto ahogarse» y, con el tono censurador que le caracterizaba, reprochaba la temeridad de partir en esas fechas. «Es asombroso […] imaginar, ¡cuánto más ejecutar!, salida de flota interesada de tesoro y comercio de dos años por el mes de octubre del puerto de la Veracruz, cuando ni los pescadores salen de él, ni pueden sin desesperación y evidente riesgo de perderse…».

«Quizá sus proclamas fueron muy sabias y salvaron la vida, o la hacienda, a más de uno que pensaba embarcarse en aquella trampa mortal», pero «está claro que la opinión del arzobispo entorpeció aún más el despacho a tiempo de la flota, con lo cual la acercó más a su triste final», sostiene el historiador Bruno de la Serna Nasser. Sacudido por una tempestad que no concedió ni una tregua en trece días, el galeón Nuestra Señora del Juncal desapareció en la noche de Todos los Santos arrastrando 311 vidas bajo el mar. Una gran exposición inaugurada este lunes en Sevilla en el Archivo de Indias recuerda la trágica historia de este galeón cuyos restos aún se buscan en las costas de Campeche (México).

En el catálogo de esta exposición sobre ‘La Flota de Nueva España y la búsqueda del Juncal’ que se podrá contemplar hasta el 17 de abril y que ha sido organizada por el Ministerio de Cultura, Acción Cultural Española (AC/E) y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), en colaboración con el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH), figuran algunas de las cartas que remitió el arzobispo Manso y Zúñiga al rey Felipe IV y de su antagonista, el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralbo. El enconado conflicto entre ambos, que afectó negativamente a la fallida expedición, refleja la crisis que atravesaba la monarquía durante el reinado de Felipe IV y las luchas por el poder en un territorio al alza como la Nueva España.

De la Serna cuenta en un artículo incluido en el catálogo que tanto el marqués de Cerralbo como Manso y Zúñiga habían sido enviados unos años antes para solucionar la grave situación que habían dejado sus predecesores, el marqués de Gelves y el arzobispo Juan Pérez de la Serna, pero las tensiones no tardaron en reavivarse entre ambas facciones. La actitud arrogante del ambicioso prelado irritaba al virrey, que se quejaba de que al habérsele permitido mantener su puesto de consejero de Indias, Manso y Zúñiga se sentía incluso superior a él y se creía con poder para intervenir en asuntos que excedían su jurisdicción eclesiástica, por lo que se estaba convirtiendo en un obstáculo para gobernar. El arzobispo, por su parte, escribió al Consejo de Indias acusando al virrey de haberse lucrado personalmente con sus decisiones y se propuso él mismo para investigar el asunto y hacer justicia. El virrey no llegó a enterarse de este escrito, pero sí llegó a sus manos en 1629 un pliego de Manso en el que hablaba mal de Cerralbo y condenaba que el virrey hubiera intentado sustituir a los oficiales del puerto -que eran aliados del arzobispo- para ampliar sus negocios ilícitos.

El desacuerdo entre las dos cabezas del virreinato se debatió en el Consejo de Indias, que recomendó a Felipe IV que le ordenara al arzobispo que se ciñera a las obligaciones de su ministerio y que enviara un nuevo virrey a Nueva España. A Cerralbo se le presumía culpable de corrupción e irregularidades, aunque la elección de su sustituto quedó pendiente.

Mientras, en México, las tensiones iban en aumento. Las lluvias torrenciales que anegaron la ciudad fue la gota que colmó el vaso. El arzobispo no dudó en culpar al virrey de negligencia previa y de pésima gestión de las obras de reparación y no tardaron en circular libelos satíricos contra el marqués de Cerralbo. Manso y Zúñiga intentó mandar una carta a Madrid en la que se despachaba contra el despotismo del virrey, su burocracia, el nombramiento que hacía de corregidores y alcaldes y sus intentos por controlar a la Audiencia y el Cabildo. Para enviarla, el arzobispo ordenó a los oficiales del puerto de Veracruz, sus aliados, que dispusieran de un bajel secretamente durante la noche, pero ningún barco podía salir del puerto sin licencia del virrey y los disparos de artillería del castellano de San Juan de Ulúa obligaron a la embarcación a volver a puerto. Al enterarse Cerralbo, apresó a los oficiales y los sometió a juicio por no reconocer la jurisdicción del virrey.

Por entonces, el marqués de Cerralbo se quejaba, por su parte, de que Manso se creía con jurisdicción militar con respecto a las flotas y había comenzado a dar órdenes sin fundamento. Ya cansado de la situación, se lamentaba en un escrito de que todas las medidas que había tomado contra el arzobispo no habían bastado «para templar en él la ambición de ser virrey». Cuando estas últimas noticias llegaron a oídos del Consejo, el sínodo dio la razón al Cerralbo y Manso recibió una reprimenda de Felipe IV en la que le decía que en el reino no había más que un virrey y era a él a quien tocaba dar las órdenes como representante del monarca.

Como las cosas de palacio van despacio, la designación del nuevo virrey de Nueva España se demoró hasta comienzos de 1631, fecha en que fue nombrado para el cargo el duque de Escalona, aunque sin fijar su llegada. También se ordenó el regreso del arzobispo Manso y Zúñiga a España. La noticia se conoció en el virreinato en junio y fue recibida con gran júbilo por el marqués de Cerralbo, que, agotado, había expresado su deseo de ser relevado.

Pretextos para quedarse

Por entonces se recibió además la notificación de que la flota que comandaba el general Miguel de Echazarreta no debía hacerse a la mar hasta que Larrazpuru no le confirmara que la ruta hasta Cuba estaba limpia de enemigos. Pasaron los meses de junio, julio y agosto sin noticias del general. El arzobispo parecía estar preparando su salida. Había enviado sus cosas a Veracruz y había reservado la cámara de popa del ‘Nuestra Señora del Juncal’. Sin embargo, muchos dudaban de que llegara a embarcarse. Incluso Cerralbo parecía tener sus dudas ya que advirtió a Manso de que debía estar preparado en el puerto para salir en cuanto llegara el aviso de Larrazpuru. El aviso molestó al arzobispo, que amenazó con quedarse, pero el virrey le recordó que tenía obligación de partir y que debía considerar el enorme daño que causaría «de detener la flota una hora».

El 13 de septiembre llegó por fin el aviso de Larrazpuru. De inmediato, Echazarreta escribió al virrey para que avisara al arzobispo y a los comerciantes de que debían estar listos el 15 para zarpar el 16. Manso contestó que iría al día siguiente al puerto, pero el 16 aún seguía en la ciudad. Cerralbo estaba desesperado. Ya no sabía qué hacer para convencerlo. El prelado ni siquiera se había interesado por la salud de su esposa, que había caído enferma en esos días.

Tampoco los comerciantes, que habían sido reacios a meter su dinero y sus mercancías en las naves antes del aviso, lograron estar listos en ese corto plazo. Pese a los esfuerzos, la salida se demoró y el arzobispo alegó que ya era demasiado tarde para embarcar. La flota iba a verse obligada a invernar, aseguraba, por lo que era mejor que lo hiciera en Veracruz que en La Habana. Manso y Zúñiga había decidido esperar a febrero, así tendría tiempo de hacer la visita que deseaba a su archidiócesis antes de partir.

Los pretextos que buscó para quedarse, probablemente porque no soportaba la humillación de retirarse antes que el marqués de Cerralbo, o tal vez su premonición salvaron a Manso Zúñiga de la horrible muerte que sufrieron las 300 personas que se hundieron con el Nuestra Señora del Juncal el 31 de octubre. El arzobispo aún tardaría en irse cinco años más. Lo haría con la flota de 1636 junto a Cerralbo. En opinión de Bruno de la Serna, «ciertamente, su disputa –en la que, en muchas ocasiones, antepusieron su orgullo al servicio al rey- estaba dirigiendo al virreinato al naufragio en lugar de llevarlo a buen puerto».

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here